Historias de la Ciudad: Horror en los Lagos de Palermo

Julio de 1929. Fue una horrorosa casualidad. A un nene se le cayó la pelota en los Lagos de Palermo. Un agente se acercó para ayudar. Con un rastrillo, además de la pelota, arrastró un paquete de arpillera atado con alambre que estaba en el fondo del agua. Lo abrió y descubrió el torso de una mujer.

El caso conmocionó al país. Los diarios comenzaron a seguir “el misterio del Lago” con lujo de detalles. La Policía filtraba informaciones y fotos de la investigación que estuvo a cargo de Homicidios de la Policía Federal. Pasó cierto tiempo hasta que encontraron, en distintos puntos de la ciudad, los restos faltantes de la infortunada de la mujer. ¿Quién era?¿Quién y  por qué la habían matado? Se tejieron cientos de hipótesis.

Las huellas dactilares, tras las investigaciones y desarrollo de Juan Vucetich, ya habían servido en 1892 para esclarecer un asesinato. Fue esta técnica la que permitió identificar a la víctima. Se llamaba Virginia Donatelli, tenía 23 años, había trabajo como telefonista y el domicilio que figuraba en los registros llevó a los policías a la casa paterna. Doménico Donatelli no aportó demasiado a la investigación, sólo dijo que su hija había seguido una mala vida. Una hermana, además, contó que ella criaba a un nene que le había dejado.

Ya tenían el nombre de la víctima. Contaban, además, con algunos datos sueltos de su vida. Pero poco y nada sabían sobre quién y por qué la había matado y después descuartizado el cadáver. Pasaban los días y una sociedad escandalizada por el brutal asesinato reclamaba justicia a las autoridades. El temor crecía con el correr de las horas porque, se especulaba, podía andar suelto en las calles de Buenos Aires un despiadado asesino que había decidido matar mujer al mejor estilo del mítico “Jack El Destripador” de Londres.

Por entonces, como en todas las épocas, había “informantes” policiales. Se siguieron algunas pistas, se hicieron allanamientos, pero ninguna de estas informaciones lograron llegar a buen puerto. La Policía y la Justicia estaban despistadas. La causa parecía no tener rumbo.

El entonces jefe de la División Homicidios hizo un descubrimiento que, al final, dio sus resultados. La bolsa de arpillera utilizada para envolver los restos del torso de Virginia Donatelli estaba impregnada con trozos de granos de maíz. Era un dato, que había que trabajar con el equipo de investigadores. Forrajerías y depósitos varios fueron inspeccionados por la Policía.

Los federales llegaron a un almacén de venta de granos de la calle Cabrera, en Palermo. El comercio estaba ubicado en lo que hoy se denomina “Palermo Hollywood”, donde actualmente están varios de los canales y productoras de televisión. Pero en aquélla época ese barrio era territorio de barracas, bodegas de vinos y comercios periféricos de la gran ciudad.

Genaro Pipo se llamaba el dueño del almacén de la calle Cabrera, quien luego de varios interrogatorios policiales recordó que pocos días antes del hallazgo en los Lagos de Palermo, un hombre elegante, en un auto costoso, se había detenido en su local para pedir ayuda. Le había dicho que su vehículo tenía un problema mecánico, que necesitaba un alambre para repararlo y unas bolsas de arpillera para limpiarse las manos. Pipo dijo que  no recordaba casi nada del hombre en cuestión, pero sí del auto: era un Rugby modelo 29, Cero Kilómetro.

Para entonces, demás está decir, el parque automotor era bastante exiguo. Los dueños de ese tipo de autos eran pocos. Un ingeniero de mucho prestigio de apellido Balbín dijo que su chofer se llamaba Julio Bonini, de 35 años. “Tengo mucha confianza en mi empleado, jamás pudo haber hecho una cosa semejante”, le contó a los investigadores. Pero había algo que, al ser contactado por la Policía, le había despertado curiosidad: Julio hacía unos días que no iba a trabajar. Y eso era extraño en un hombre que jamás había tenido problema alguno, de ningún tipo.

Bonini era un galán. Se peinaba a la “gomina”, vestía prolijos trajes oscuros y se había ganado fama de mujeriego. Cuando llegaron al domicilio que él había aportado en su trabajo, dieron en realidad con la casa del hermano y su cuñada, en la calle Paraguay, también en Palermo.

La cuñada no tardó en confesar todo. Graciela Donado de Bonini contó que Julio tenía una novia, María Luisa Moneta, con quien estaba por casarse. Pero había conocido a Virginia y se había ido a vivir con ella. Habían sido amantes. Se peleaban mucho, puesto que Virginia quería que siguiera con él, pero María Luisa lo presionaba para que finalmente se casaran.

Una noche, en una de las tantas discusiones en la pensión que habitaban en la calle Sánchez de Bustamante, él la mató de un martillazo. Después, cuando confesó, dijo que Viriginia primero lo había amenazado con un cuchillo. Su hermano y su cuñada lo habían ayudado a ocultar los restos, por lo que también fueron condenados, pero a una pena menor.

Cuando fue detenido, Julio Bonini se ocultaba en la casa de María Luisa. Las crónicas de aquellos años cuentan que, tras ser condenado, Julio finalmente se casó con María Luisa.

Julio Américo Bonini, tal su nombre completo, fue condenado a 25 años de prisión, pena que cumplió en la Penitenciaría Nacional. En la década del ´50, fue finalmente liberado al cumplir la sentencia. Fuente: Minuto Uno – Revista Estilo