Cifras trágicas en la Ciudad

A lo largo de muchos años hemos venido señalando, a compás de la inquietud de nuestra comunidad, los dramas que acarrean los consecutivos y cada vez más crecientes accidentes de tránsito, imputables, en su gran mayoría, a la imprudencia de los conductores de vehículos, a leyes benignas que requieren urgentes modificaciones y a la total ignorancia que manifiestan quienes circulan por las calles respecto de las disposiciones en materia vial.

La desaprensión con que algunos manejan el tema queda evidenciada si se recurre al frío rigor de las estadísticas.

¿Cómo resulta posible tal incremento si la educación vial es materia obligatoria de estudio en la mayoría de los establecimientos educacionales? ¿No es advertible, acaso, que buena parte de los conductores no acatan las señales de tránsito y transgreden disposiciones en vigencia, colocando en riesgo no solo sus vidas, sino las de sus semejantes? ¿Nada puede hacerse frente a tamañas muestras de impunidad,
visibles y palpables en los centros urbanos más importantes del país?. Las penalizaciones en materia de infracciones no caen con todo el peso de la ley. Habría que tipificar cada una de las conductas delictivas y
transformar las multas emergentes en períodos de prisión efectiva no redimibles por multa.
En casos comprobados -el cruce de una barrera baja o el de un semáforo en rojo sin que las circunstancias lo justifiquen- debiera llevar a la inhabilitación perpetua y permanente de los infractores, porque nos
referimos a vidas humanas sometidas al arbitrio de la inconsciencia.
Pero para que todo ello resulte se hace necesario coordinar un sistema que concluya con el reinado de conceptos perimidos: el cada vez más nutrido parque automotor requiere de soluciones rápidas y efectivas.
La técnica suele concurrir en ayuda del hombre y resuelve las necesidades de un mundo en evolución. Pero cuando esos avances indiscutibles, entre los que cabe contar a los del sector automotor, se truecan en descontrol, el falso progreso termina por ser una rémora, es decir, por engrosar las listas de víctimas fatales.
Cabe preguntarse si las cada vez mayores condiciones técnicas de los rodados en cuánto a su respuesta en velocidad, pique y potencia, impulsan a los que empuñan el volante hacia algún destino irrenunciable que
justifique la muerte propia o de terceros. Convendría también recordar aquel viejo dicho que formó parte de una antigua campaña vial: “Más vale perder un minuto en la vida, que la vida en un minuto”
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