En Palermo, glamour y relax entre piezas de alto diseño

Compartimos una nota publicada en el Diario Clarín que dice que que la originalidad no es una cualidad en sí misma es algo que el diseñador de interiores Alfred Fellinger sabe muy bien. No es tan importante sorprender con cada proyecto como lograr queel resultado sea perdurable en el tiempo. Elegancia y armonía son aspectos inherentes a la a toda su obra. Gran conocedor de la historia del diseño y del mundo del arte, en cada uno de sus proyectos incluye piezas de autores consagrados. Desde una obra de arte hasta una silla, todas son medidas con la misma vara de belleza y excelencia. Su oficio está en saber combinarlas para crear nuevas escenas y experiencias.

 

Esta vez, el escenario fueron los Silos de Dorrego, en Palermo, un conjunto de departamentos tipo loft, donde tuvo el encargo de crear un espacio de bar y restaurant que ya desde su nombre -Silos Club- connota una impronta glamorosa y de exclusividad. La propuesta de Fellinger muestra una de sus paletas preferidas: el blanco, acompañado de “detalles” (como él los llama) en color negro, que no son ni más ni menos, que obras del artista plástico Jorge Sarsale.

El espacio donde se desarrolla el proyecto es una gran caja rectangular de 5 metros de altura, y una de sus fachadas tiene todas sus ventanas enmarcando la piscina. Ese eje fue hábilmente utilizado por Fellinger como un espejo para ubicar mesas adentro y afuera, creando una sensación de continuidad entre ambos espacios.

Si bien las mesas y sillas quedaron alineadas, se eligieron modelos diferentes. Las de adentro son las Panton Chair (diseñadas por Verner Panton, 1967, y un clásico de la firma Vitra), y las de afuera son un conjunto de mesa cuadrada con patas, inspiradas en un diseño de Eliel Saarinem. La elección no fue al azar: el objetivo fue crear un contrapunto entre la rigidez de la caja y la sensualidad de las formas orgánicas de estos “clásicos modernos”. Una gran barra mostrador ubicada en el sentido más largo del espacio completó la composición con un fondo de espejo que ocupa toda la pared para reflejar el jardín incorporándolo al interior.

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El trabajo de Fellinger es complementado por el proyecto de iluminación de Arturo Peruzzotti, quien apuntó a lograr diferentes climas a través de capas de luz: una general y difusa, y otra direccionada para generar acentos y contrastes.

El bar-restaurant se utiliza mucho de noche, por lo que la iluminación es muy importante. Se sectorizó en tres partes: la línea de luz suave sobre las ventanas, que busca borrar el límite material del vidrio y jugar con los reflejos; el espacio de la barra que conforma una suerte de “viga luminosa” sobre este elemento con tonos cálidos; y el sector de las mesas que reciben una luz puntual y regulada, lo cual garantiza un nivel lumínico confortable.

Fellinger destacó –algo habitual en él– el aporte de todas las empresas, artistas y diseñadores cuyos productos y piezas fueron parte de este espacio. A su manera, se corre del lugar de autor, tal vez con la idea de que su rol es reubicar las piezas de un rompecabezas disperso, que en algún lugar ya está armado desde antes de su intervención.